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1968: HERIDAS QUE NO CIERRAN

A pesar de que ha transcurrido casi medio siglo desde que se dieron el Movimiento Estudiantil de 1968 y su cerrojazo fatal, la matanza en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, la verdad es que el manto del oprobio y la ignominia sigue cubriendo el suceso. Y aunque todo mundo tiene bien claro quién fue el impulsor de la masacre, éste sigue sin recibir el castigo que merece, y lo único que atiza el fuego en que arderá por los siglos de los siglos es el desprecio unánime.

            No puede ni debe olvidarse que el 68 no fue sólo la matanza del 2 de octubre, sino algo que se gestó muchos meses antes –o,  por qué no,  varios siglos atrás–: desde tiempos prehispánicos la figura del tlatoani, omnipoderosa y déspota, se encargó de someter a gran parte del pueblo a sus voluntad y caprichos, y  fue necesario que la superchería del más célebre de esos tlatoanis, Moctezuma, sucumbiera para que el Poder se transformara, aunque en realidad siguió siendo el mismo, con otra máscara. Por eso tiene razón  René Avilés Fabila, quien en su novela El gran solitario de Palacio sostiene que el presidente de México sigue siendo el mismo y que sólo se le maquilla para hacerlo parecer diferente. Uno de ellos, feroz, despiadado, fraguó la masacre de Tlatelolco.

            Las mentes oscuras del gobierno de esa época  –léase la presidencia, gobernación, le regencia del DF, el ejército, la prensa maniatada–  hicieron creer a los ingenuos que el movimiento de los estudiantes respondía a intereses internacionales, a una confabulación comunista para despedazar al noble país: y actuaron en consecuencia, acuciados por la inminencia de los Juegos Olímpicos que habrían de celebrarse en la capital mexicana: los ojos del mundo estaban puestos, mediante cámaras y micrófonos, en este paisito de opereta, y era necesario darle un rostro de tranquilidad y paz, urgía hacer creer que aquí nada podía imponerse al orden y al progreso. ¿Lo habrán creído en el extranjero?  Recuérdese que la célebre periodista italiana Oriana Falacci fue herida en Tlatelolco y abandonó nuestro país impactada por lo que veía.

            A raíz de la matanza se produjo una incansable y cruenta cacería de brujas: la inmensa mayoría de los medios calló, los líderes estudiantiles fueron encarcelados y luego obligados al destierro y, lo peor, el número de muertos y desaparecidos jamás fue puntual y confiablemente contabilizado.

            Como suele ocurrir, de las catástrofes siempre puede obtenerse algo de provecho. El movimiento estudiantil del 68 fue, para usar un lugar común, un parteaguas  en la historia social y política de México, a raíz de los cruentos acontecimientos (que tenían tras de sí las huelgas de los ferrocarrileros y los médicos) el pueblo empezó a concientizarse, a descreer de las prédicas oficiales y esencialmente a exigir una auténtica democracia. Los cambios que se han operado en varias esferas obedecen, por mucho, a aquella terrible catástrofe. Ahora puede constatarse la pluralidad en el Poder Legislativo, en los partidos políticos, los medios tienen una casi irrestricta libertad de expresión, y aunque falta mucho por hacer, puede decirse que se está en el camino correcto de la pluralidad y la democracia, aunque nunca debe dejar de alentarlas y solidificarlas. Sí, las del 68 son heridas que no cierran, que no deben cerrar.

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